Hemos celebrado el cuarto domingo de Cuaresma, conocido como Laetare, o domingo de la alegría, de la esperanza por la cercanía de la Pascua.

En el Evangelio que hemos escuchado este domingo según San Juan (3, 14-21) descubrimos que Dios es amor, Dios es misericordioso, Dios es luz. En ese mismo texto además encontramos el versículo de oro de las sagradas escrituras, San Juan (3, 16), se llama así porque en él está el amor extremo de Dios, quien envió a su único hijo a morir por la humanidad y salvarnos del pecado. Al punto que podemos decir que antes de la muerte de Jesús, estábamos condenados, la condenación eterna imperaba, el mundo estaba sumergido a una oscuridad que gobernaba la tierra, eran las tinieblas de saber que no había oportunidad de salvación.

Seguidamente viene Cristo, muere y resucita por nuestra salvación y la oscuridad se hace luz; las puertas del cielo que estaban cerradas para nosotros se abren, y por esto nuestro caminar en el mundo ahora se vuelve esperanza de encontrarnos con Dios al final. Y al maligno no le gusta eso, aunque él esté perdido lucha por querer arrebatarnos y condenarnos.

Hermanos, Dios es misericordioso, Cristo no viene a condenar al mundo viene a darnos salvación, sin excepción. El papa Juan Pablo ll, dice que la Misericordia es el amor tierno de Dios que nos trata como un pétalo de rosas, que no nos quiere humillar o herir, ya suficiente hemos sufrido con el pecado, pues el Señor no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva.

Dios es luz, porque ilumina nuestras tinieblas y quien quiere caminar en la luz se acerca a él, y Cristo quiere que nos acerquemos a esa luz para iluminar nuestras tinieblas y oscuridades, porque Cristo con su sangre nos purifica del pecado y nos esconde en sus santísimas llagas y costado abierto.

No le tengamos miedo al Señor, acudamos a la luz que no nos dejará descubierto en el pecado sino que dará vida en en abundancia, vida para siempre.

Fuente: Diocesis de Matagalpa