Durante estos días que comenzamos la Semana Santa vamos a ir escuchando en la Primera Lectura los cuatro cánticos del siervo sufriente.

Son profecías  que nos van anunciando quién es el Señor y nos van describiendo también cómo es su corazón, qué hay en el corazón del Señor y nos van a evidenciar el día de hoy una de las características más importantes del Señor, su misericordia.

Jesús no ha venido a condenar, sino ha venido a salvar lo que estaba perdido. Dice la Primera Lectura: “no quebrará la caña resquebrajada, la mecha humeante no la apagará”. Y es que Jesús no ha venido a condenar al pecador, no ha venido a  señalar al que se ha caído. Más bien ha venido a perdonar.

La mecha que ya está casi por apagarse, no ha venido a terminar de extinguirla. Sino por el contrario, ha venido a darle esperanza y a encenderla nuevamente con su misericordia. La caña resquebrajada no ha venido a terminar de romperla apoyando su peso sobre ella, sino ha venido a curarla.

Jesús con su misericordia ha venido a traernos la esperanza, a enseñarnos que podemos confiar en Él. Por eso dice el salmo que hemos leído hoy: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?”.

Eso es lo que María ha experimentado el día de hoy en el Evangelio que hemos leído. Ha experimentado el amor, la misericordia y la condescendencia de Dios.

Hace muy pocos días, Jesús acaba de resucitar a su hermano Lázaro y en muestra de gratitud invitan a Jesús a su casa a cenar y María realiza un gesto realmente hermoso. Unge con un perfume carísimo los pies del Señor. “Un valor de trescientos denarios”, dice Judas.

Es decir, esto era el salario de todo un año debido a un obrero y digo que es bellísimo porque expresa lo grande e infinita que es la misericordia de Dios. Realmente vemos que no tiene precio.

Cuando alguien ha experimentado la grandeza de su amor, descubre que es una medida que sobrepasa todo lo humano. Probablemente en la memoria de María resonaban  las palabras del salmista: “¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?”.

No hay medida, ¿cómo podré pagárselo al Señor? Humanamente no hay medida que sea suficiente. Su misericordia es infinita. En esta Semana Santa tengamos como María también  un corazón agradecido. Que la gratitud a Dios inflame el amor de nuestro corazón.

Ofrezcámosle también al Señor el buen perfume de nuestras obras buenas, de nuestra caridad, de nuestra misericordia y que este amor inunde también con su fragancia toda la habitación a todas las personas que están con nosotros.

Fuente: Diócesis de Matagalpa