“En aquel tiempo cuando los discípulos iban con Jesús en la barca se dieron cuenta que se les había olvidado llevar pan”. (San Marcos 8, 14).

Yo pienso que el Señor aprovecha este hecho para darles a ellos y a nosotros una gran enseñanza, porque Cristo les hace una advertencia: “Cuídense de la levadura de los fariseos y herodianos” (San Marcos 8, 15).

Nos preguntamos: ¿Cuál es la levadura de los fariseos y herodianos de la que debemos cuidarnos? La levadura de la hipocresía, de la doblez, de la apariencia que es presentar una cara cuando en realidad se tiene otra, la levadura del engaño, de hacerle daño al otro, la de no mirar al otro como un prójimo, como un hermano, sino como un enemigo o amenaza a mis intereses, la levadura de querer eliminar al otro y querer sacarlo de mi paso, de mi camino.

La levadura de no ponerle mente o importancia a los medios aunque sean malignos y dañinos con tal de lograr el fin que se quiere, la levadura de pasarse llevando al otro, cueste lo que cueste, valga lo que valga y sea lo que sea con tal de lograr mi propósito. La levadura de la murmuración, habladuría, chisme, calumnias, división, del mal juicio, de juzgar mal al otro, de hacer leña del árbol caído, de señalar al otro, condenarlo, sentarlo en la silla de los acusados, de sentirnos mejores y más importantes que los demás.

La levadura de robarle al otro lo que le pertenece, de la corrupción, del fraude, de la farsa, de prestarse al juego de los mafiosos, de los mañosos, de sentarse en la mesa de los burlones, de los sarcásticos. La levadura de no tener palabra, de no darse a respetar como persona, como cristianos e hijos de Dios, de prestarse al juego de los poderosos, de moverse en la vida según sus conveniencias y no según los principios del Evangelio.

La levadura de irse con quien más nos convenga, de vender la conciencia al mejor postor, de seguir permitiendo que exista Judas que quiera comprarnos con treinta monedas de plata, la levadura de ponernos precios.

La levadura de los fariseos y herodianos es la levadura del codicioso, ambicioso, del que no está tranquilo o en paz porque siempre quiere más, más y más, sin importar si se pasa atropellando a los demás, no importa si acosta de la justicia, de no pagar salarios justos, de no pagar las prestaciones sociales que se deben y a las que tiene derecho el trabajador, obrero, campesino y el empleado. De esa levadura del espíritu mundano es de la que nosotros debemos cuidarnos.

La levadura de querer inflarnos como globos, de querer ser los más importantes. La levadura de dejar crecer nuestro ego y creernos los más perfectos en el mundo.

Queridísimos: Entre nosotros no debe de ser así. La levadura que debe prevalecer es la buena, la del reino de los cielos, la de la parábola de aquella mujer que fermentó la masa, y con esa levadura buena la masa tomó forma, y dice el Señor: “Así es el reino de los cielos”.

Pidámosle al Señor con todo el corazón que nos ayude y salve de la levadura mala de los fariseos y herodianos, y que nos permita ungirnos de la levadura buena, la del reino de los cielos.

 Fuente: Diócesis de Matagalpa, Redaccion de Manuel Obando.