Según San Marcos, Jesús manda de dos en dos a lo apóstoles para anunciar la liberación de los cautivos, y proclamar la buena nueva.

Este llamado que el Señor hace a cada uno de nosotros es un llamado que hace a la Iglesia, y en estos meses de crisis he pensado que la evangelización no se ha interrumpido. Jesús nos invita a acompañar al pueblo que es su pueblo, a acompañar al que sufre, al que llora, estando al pie como la madre dolorosa junto a la Cruz de su hijo; es esa presencia física, afectiva, moral, es jugarse la vida acompañando al pueblo de Dios confiado.

Este envío que hace Dios a su Iglesia es el mismo del profeta Amós cuando dice: “No soy profeta ni hijo de profeta, sino pastor que cultiva trigo y también un hijo de cultivador”. Esto me hace pensar en los sacerdotes, hombres valientes, en las religiosas que en medio del dolor, conflicto, sufrimientos y de tantos heridos están en el silencio del convento orando; muchos de estos servidores de Dios sencillos pueden decir: “Soy hijo de un trabajador, de un campesino y de un obrero”.

Me viene a la mente la vida de muchos de nuestros seminaristas a quienes he visitado en sus casas en las profundidades de las montañas, donde he encontrado a muchos de estos muchachos que viven en pequeñas chozas, de ahí vienen ustedes muchos de nuestros evangelizadores, hombres y mujeres que permanecen al pie de la cruz en medio de las vicisitudes, y junto a este envío el Señor nos llama a confiar en él: “No lleven nada, sino una misma túnica”.

Cuando vienen obispos de diversas partes del mundo a ofrecerme su amistad, y me preguntan sobre el clero de esta Diócesis, les digo que este es un clero pobre, que ni si quiera necesitarían el voto de pobreza porque ya la viven desde sus familias. Pienso en los sacerdotes cuando vamos a las comunidades entre 6 y 8 horas cabalgando en las montañas, pienso en los párrocos que a ellos frecuentemente en el mes les corresponde esas largas jornadas, sin pedir oro o plata sino comiendo de los sencillos alimentos que les dan. Nuestros presbíteros vienen de gente sencilla, de comunidades y capillas sencillas porque la Iglesia es pueblo, los enviados son pueblo.

Cuanta paz encontramos al saber que Cristo nos envía en estas condiciones deseando la paz, Cristo que antes que nosotros nos consagráramos a él, él se consagró a nosotros. Nosotros no tenemos armas, tanques, fuerzas de coacción, nuestra fuerza viene de Dios, viene de lo alto, de Cristo que nos acompaña; no estamos solos Dios está con nosotros. 
Me viene a la mente las palabras de San Pablo a los Corintios: “Me alegro en las debilidades, limitaciones, dificultades, insultos, persecuciones por Cristo, porque cuando soy débil entonces soy más fuerte”. Eso el mundo no lo sabe y en medio de los problemas, señalamientos, dificultades, y persecuciones sufridas por Cristo en cuanto somos débiles, somos más fuertes, eso el mundo no lo sabe y en medio de los señalamientos que quieren dañar la imagen de la Iglesia, en medio de eso nos hacemos más fuertes, y nosotros por lo tanto no recurrimos a los insultos, maledicencia o maldición, solo deseamos la paz, y dice el Señor a sus apóstoles que si en una parte no los reciben: “Sacúdanse los pies”. Él nos concede esa autoridad no para maldecir sino como advertencia.

Nosotros damos amor, respeto y no señalamos para condenar y enviar a los infiernos. Bendito sea Dios que aunque nos señalen nosotros bendecimos y usamos el poder que nos da el Señor para desear bendiciones.

Los discípulos ungían a los enfermos y curaban, por lo tanto desde aquí decimos al pueblo de Dios dos cosas: Seguiremos ungiendo a los enfermos y curando, el pueblo seguirá ungiéndonos con aceites y curando nuestras heridas.

Fuente: Diócesis de Matagalpa